11/10/10

LA MANSIÓN.


Todos estábamos tristes; mejor dicho… abatidos.
La planta calle era el microcosmos por donde deambulábamos: el hall, los pasillos, la cocina, los armarios, la biblioteca, el salón. Sí, sobre todo el salón, se había convertido en nuestro espacio vital.
Apenas salíamos de él y nuestra vida transcurría en ese mundo atestado de humanidad;
el único lugar con intimidad era el cuarto de baño.

Cada rincón de la planta estaba ocupado: parejas en los armarios, gente tumbada en el suelo, gente andando por los pasillos, todos cabizbajos, muchos parecían fantasmas.
La mansión tenía otra planta a la cual nadie se atrevía a subir, por una imponente escalera de estilo imperial se accedía a ella.
Nadie se atrevía a subir, nadie se atrevía a salir, era una locura.
La mansión pertenecía a un indiano que hizo fortuna con el ron y el tabaco en Cuba.
La situación era desesperada y me resulta difícil definirla, explicarla. Nadie después de lo ocurrido pudo explicar lo que pasó; resultaba tan desconcertante que todos decidimos callar, intentamos olvidar.
Ahora que han pasado unos años quiero recordar, quiero contar, que no explicar; no hay explicación para lo sucedido.
-¡Querido Roberto!-una voz suave se dirigía a mí, era la señora Santás; era una mujer menuda y de una gran belleza; no pasaba de los cincuenta aunque aparentaba algunos años menos.
Todo en ella era como su voz, sin estridencias; tenía el pelo rubio y recogido en un moño muy elegante, su cara pálida y sus ojos claros le daban un aire angelical.
Tengo que reconocer que me llamó la atención y guardo su recuerdo muy vívido.

-¡Sí doña Nélida!-respondí sorprendido; no pensaba que esta señora se hubiera fijado en mí, hacía apenas unos días que me mudé a la zona.

-¿Ha visto usted a mí esposo?

-¡No señora!-respondí rápidamente.

-No sé dónde se ha metido; hace demasiado tiempo que no le veo y estoy preocupada.

-¡Nélida!-el grito nos sobresaltó, era Lotardo Monteros, joven de una buena familia local

cuya fortuna procedía de la pesca; su elegancia y delicadeza eran famosas.
Lotardo y Nélida se besaron en los labios.
-Estoy muy preocupado Nélida, mejor dicho, estoy asustado, ¡absolutamente desesperado!-se le notaba descompuesto, tenía los ojos vidriosos.

-¡No sé qué hacemos aquí, quisiera poder gritar y huir!- sus brazos girando en el aire le hacían parecer un bailarín.

El hombre agachó la cabeza y la apoyó sobre el hombro de ella que, con un movimiento etéreo, la acarició.
A pesar de que mantuve una distancia de cortesía, creí advertir unos sordos sollozos.
Se despidieron de mí y se acercaron a un grupo que se calentaba al fuego de la chimenea.
Hablaban acaloradamente-¡os digo que deberíamos unir nuestras fuerzas; todos juntos conseguiríamos salir de aquí! la situación es desesperada, apenas queda comida y me temo que alguien pueda hacer una tontería; hay una joven pareja que dormita en una esquina del hall que habla de suicidio.
Amigos…-con voz temblorosa, apenas audible y a punto de llorar, dijo-si no conseguimos romper esta maldición… me voy a volver loco.
Llevábamos en la mansión varios días sin salir unas sesenta personas.
Una extraña fuerza nos impedía abandonar el hermoso salón y las estancias contiguas.
Lo que empezó siendo una velada llena de lujo y alegría, estaba siendo una pesadilla interminable. Había que rezar, quien lo haga, para que no terminara en tragedia.
La calle estaba ahí llena de luz, de aire, de libertad… y sin embargo no éramos capaces de movernos, de asirnos a esa luz que se nos antojaba lejanísima, irreal.

-Estoy de acuerdo contigo Renato; la desesperación cunde entre nosotros; apenas tenemos comida y en pocos días se acabará la leña que hay bajo la escalera.

El que hablaba era Albilio Vázquez afamado abogado y amigo de la familia Monteros.

-Estoy buscando a mi esposo ¿no le habréis visto?-dijo Nélida Santás.

-Por supuesto, estuve con él hace un buen rato; nos sentamos en la escalera a charlar; me dijo que quería hablar contigo y se marchó hacia el salón-respondió Renato.

-Pues no le he visto desde esta mañana-dijo Nélida

-Me dejas preocupado ya que le encontré muy deprimido-volvió a decir Renato.

Renato Arellano era el dueño de la casa, su fortuna era incalculable, eso se decía y eso parecía. Se fue jovencito a Cuba donde trabajó en varios oficios hasta que fundó una fábrica de ron. Vino a España huyendo de la revolución.

-¡He recorrido toda la planta y no le he visto! ¡Tengo miedo!-Nélida se tapó la cara con las manos y empezó a llorar.

-¡Por favor no llores! Tienes que ser fuerte y no desesperar, ya verás cómo lo encontraremos-dijo Lotardo.

Éste la abrazó y le acarició el pelo.
Se hacían comentarios sobre la amistad entre Lotardo y Nélida, había quien decía que eran amantes; yo digo que eran almas gemelas, les unía su enorme sensibilidad y amor a lo bello.
Se miraron unos a otros; las miradas iban a lo más profundo del ser; ahora se buscaba al otro cómo sólo se hace en los momentos de absoluta necesidad; cuando se está perdido.
No se oía palabra alguna, sólo miradas, sólo contactos; sus manos buscaban sus manos; parecían niños temblorosos buscando calor.
Sabían que tendrían que mirar en la planta superior y por lo tanto habrían de superar el miedo que les atenazaba. Tendrían que luchar con denuedo contra ese temor irracional pero que les tenía bloqueados en esa casa de manera real y trágica.
Llevábamos casi una semana allí encerrados y no éramos capaces de salir de unas pocas estancias; el hedor era insoportable, la basura estaba esparcida por los rincones y ninguno nos habíamos lavado desde el momento de nuestra llegada a la casa.
Aislados con teléfono, abandonados con familias que nos esperaban; nunca supimos explicar lo que realmente nos ocurrió; lo he meditado miles de veces y no llego a ninguna conclusión, ¿Maldición?
Hoy en la distancia sigo sin tener respuesta.
Los cuatro se miraron y se entendieron, era ya a estas alturas una cuestión de vida o muerte.
No podían seguir paralizados, llorándose unos a otros, compadeciéndose de uno y de los demás; había que romper el maleficio, había que romper ese círculo infernal a pesar de lo que pudiera ocurrir; nos teníamos que enfrentar a lo desconocido.
Unieron sus manos y sus miradas se encaminaron hacia la escalinata; allí estaba majestuosa, ninguna montaña les hubiera parecido más alta e inaccesible, ningún lugar les hubiera parecido más tenebroso y lleno de peligros.

-¡Tenemos que concentrar nuestras fuerzas amigos! nada nos debe impedir avanzar.

Renato con los ojos vidriosos, a punto de llorar, hacía un esfuerzo enorme para no derrumbarse, era un hombre curtido por las muchas luchas de la vida y no podía sucumbir ahora ante algo tan inexplicable; sus piernas no le secundaban y los mensajes que daba su cabeza se perdían por el camino del miedo.

-¡Subamos las escaleras! ¡Estamos convencidos de que es posible! ¡Se puede hacer si queremos hacerlo!

Renato gritaba, levantaba el puño mirando al techo, su cara crispada traslucía rabia, una rabia profunda que hacía temblar todo su cuerpo; quería derrumbar los muros, quería derrumbar todos los obstáculos, quería derrumbar el muro granítico del miedo.
Los cuatro unidos por las manos, temblorosos, se miraban asustados; sus piernas apenas obedecían, sólo sus ojos subían esas malditas escaleras.
Sus corazones desbocados les dolían, querían avanzar y así tirar de esos cuerpos atrapados en una red invisible pero real.
Nada ocurría, sus miradas se cruzaban, sólo se veía pánico.
Un cuerpo empezó un pequeño movimiento, un estremecimiento recorrió ese conjunto multiforme de piernas paralizadas.
Nélida con los ojos llenos de lágrimas y el corazón saliéndosele por la boca movió una pierna, todos la miramos y vimos el esfuerzo titánico reflejado en su cara.
Adelantándose a los demás fue tirando del grupo que, sin ánimo, también se movió.
El grupo milímetro a milímetro se aproximaba a la escalera.
Detrás de ellos sólo unos pasos opté por seguirlos, su energía iba perforando el muro del maleficio y mis piernas asustadas pero envidiosas se pusieron en marcha.
Las piernas avanzaban como unos autómatas, arrastrándose sin apenas flexionar las rodillas, era una visión aterradora, algo maquinal; los cuerpos encima, temerosos e impotentes se dejaban llevar.
Todos juntos avanzaban y yo detrás.
Con las miradas puestas en la cima de esa montaña escalonada, los cuatro avanzaban, y… yo detrás; el camino iba haciéndose pero la tensión era insoportable; tenían que hacer algo para que ésta fluyera; algunas palabras empezaron a sonar.

-¿Pensáis que pueda estar mi marido en el piso de arriba? ¿Por qué habría subido alejándose de sus amigos?

-Tu marido es un luchador, no podía soportar más esta situación; seguro que está buscando el camino.

-¡Siempre es el primero! Lo sé Lotardo-dijo Nélida-es esto mismo lo que me asusta, se sufre demasiado rompiendo barreras y luchando en primera fila…siempre se lo digo-decía con voz trémula.

Todo era irreal y por más que uno le diera vueltas en la cabeza no acertaba a comprender tanto absurdo.
Llevábamos días en la casa y una fuerza misteriosa nos impedía salir; asustados, a cada paso, en cada movimiento que buscaba romper ese cerco invisible teníamos que tranquilizarnos, preguntarnos a nosotros mismos y a los demás qué estábamos haciendo. Rompíamos los límites ¡rompíamos esas paredes de contundente vacío!
Unidos por las manos seguían subiendo; la hermosa escalera parecía infinita, íbamos como en cámara lenta, yo detrás a escasos pasos, sintiendo su fuerza, amparándome en ella.
Iban superando uno a uno los escalones, su final parecía inalcanzable y sus fuerzas mermaban a cada paso. Sus manos doloridas parecían fundidas; no se miraban, hablaban mirando a lo alto de la escalinata, estaban hipnotizados por ese segundo piso; sólo la concentración en ese lugar podía conseguir su superación.
Yo seguía detrás, me abrían el muro, eran mi ariete.
Poco a poco se aproximaba el final, sus caras hablaban de dolor, de un inmenso esfuerzo que sólo nace de la desesperación.
Cuando por fin sus pies pisaron la primera planta, sus manos se soltaron, y ya sin fuelle sus cuerpos se agacharon; Nélida se tiró al suelo y rompió a llorar, todos estábamos extenuados.
Me agarré a la balaustrada y mi cabeza reposó sobre mis brazos; jamás estuve tan cansado; el esfuerzo del mundo reposaba sobre mis hombros, un hondo suspiro salió de mi boca y de mis ojos brotó el sudor del universo.
Lo que parecía imposible se consiguió, unidas nuestras fuerzas traspasamos el muro invisible de nuestros miedos; no me cabe la menor duda de que fue un esfuerzo colectivo, sin esa conjunción de ánimos creo que nunca hubiéramos salido de aquella situación.
Ya en el primer piso, cansados, tumbados en el suelo recuperando resuello, me daba cuenta de que el mundo no había cambiado, por lo menos lo que veía de él.
Todo seguía en el mismo lugar sin embargo nosotros casi morimos en el intento; estábamos perdidos, nos mirábamos, mirábamos alrededor, queríamos comprobar que el momento era real. El drama más truculento sólo es de uno, no merece la pena llorar… a nadie le importa y nadie te puede ayudar.

¿Habíamos roto el maleficio? ¿Ya podríamos salir a la calle? todos nos hacíamos esa pregunta pero sospechábamos que todavía no estaba todo resuelto.

-¡Vayamos a la sala de juegos!-exclamó Renato-es el lugar con más luz.

-Es…estoy de acuerdo contigo-balbuceó Albilio

Nos levantamos del suelo, nuestras caras demacradas se miraron, nos abrazamos como los alpinistas que coronan una cumbre, algunas muecas nerviosas asomaron.
Entramos en el pasillo y al fondo se veía una hermosa luz; hacia ella nos dirigimos.
La luz era vida, la notábamos, su calor nos iba envolviendo y nos reconfortaba.
Pasamos delante de varias puertas entreabiertas sin pararnos, Renato conocía su casa y nadie osó alterar el camino emprendido, todo parecía funcionar y no había que romper la armonía.
La casa era enorme y maravillosamente decorada, a pesar de la situación no podía evitar quedar extasiado por las caobas y los mármoles, las arañas y los frescos, la plata y los espejos.
Parecía que flotáramos, llegamos a la sala.
Unos enormes ventanales llenaban de luz una espaciosa sala; unos reconfortantes sillones de cuero oscuro nos atrajeron, caímos sobre ellos y reclinamos nuestras cabezas; una inmensa paz inundó nuestras cabezas, yo pensaba que me iba a desmayar, que me faltaba riego, notaba el típico cosquilleo anterior a perder el sentido; supongo que era la emoción y el dejarme caer en el sofá.

-No hay rastro de Abelardo-dijo Renato con voz cansina.

-¿Dónde puede estar? -preguntó Nélida-esto es muy grande.

-Es verdad que podría estar en muchos sitios, pero…sólo está en uno.

Todos miramos sorprendidos a Albilio, era una respuesta aparentemente absurda pero éste era un hombre inteligente, muy culto y poco amigo de las bromas, y menos de mal gusto.

-No temáis no me he vuelto loco de pronto; esta casa es muy grande pero tu querido esposo, Nélida, no ha subido a esta planta para esconderse; supongo que todos pensamos que ha subido aquí, yo estoy seguro de ello ¿y vosotros?

Todos asintieron, yo también aunque no entendía muy bien dónde quería llegar.
Lo único que yo sabía era que estaba harto y muy cansado; si no fuera porque me dejé llevar por la decisión de Renato, por su ímpetu, porque me sentía arropado por el grupo, los únicos amigos que tenía en esa desgraciada reunión, sí, si no fuera por eso estaría tumbado en el salón durmiendo y dejando pasar el tiempo hasta que algo ocurriera; aunque fuera la muerte. Ahora, muchos años después sigo sin entender nada y un escalofrío recorre mi espalda; tuve mucha suerte al estar con gente tan decidida.

-Abelardo es un hombre vigoroso y poco dado a los rodeos; es una persona decidida; por lo tanto yo pienso que ha subido aquí para terminar con la situación absurda y dramática en la que estamos; si alguien con un coraje tan sorprendente se adentra en lo desconocido para salvar a sus amigos, poniendo en peligro su propia vida, sólo puede ir al corazón del problema.-Albilio estaba totalmente abstraído en su intento de comprender, sus ojos miraban al infinito.

Un fuerte viento empezó a recorrer la sala y oímos fuertes ruidos de las puertas al cerrarse.
Todos mirábamos a Albilio que estaba saliendo de su abstracción; asustados, nos fuimos levantando y nos acercamos los unos a los otros.

-Sí amigos, Abelardo nos lleva ayudando desde el momento que desapareció; él lo supo, sabía que le buscaríamos, que iríamos detrás de él y así su valentía nos inundaría. Sabía que tendría que romper el muro por nosotros y así todos nos salvaríamos-Albilio frente a nosotros iba desgranando su idea de lo ocurrido, todos le escuchábamos callados y muy juntos, nadie osaba pestañear- ha subido aquí para salvarnos, y sólo lo conseguiremos saliendo de esta casa; él ha buscado el lugar adecuado para romper el maleficio, algo no natural nos impedía salir, por lo tanto… había que dejar este lugar por otro sitio que no fueran las salidas naturales.

Enmudecidos seguíamos las explicaciones que apenas nos aclaraban lo sucedido y nos ponían los pelos de punta.
Albilio giró su cuerpo y se dirigió hacia el pasillo, todos, dejando nuestros pensamientos a un lado, le seguimos.
Saliendo al pasillo y girando a la derecha la casa seguía, ésta parecía crecer andándola.
Albilio con la mirada al frente parecía saber dónde iba, Renato, el dueño de la casa, hombre aguerrido, no articulaba palabra.
Un viento fresco y lleno de vida llegaba hasta nosotros, andábamos despacio y apretujados, parecíamos exploradores que van por la selva llenos de temor y que a cada paso creen ver ojos de fieras que les observan.
Unos pasos más y llegamos a un esplendoroso salón de baile, recargado en su decoración pero de un efecto visual extraordinario; sólo he visto algo así en los palacios vieneses. Es cierto que era legendario este salón entre las gentes del pueblo.
La sala imponía además por su tamaño y vacío, los pocos muebles que adornaban el lugar eran las innumerables sillas junto a las paredes y un escenario para los músicos.
Todo el lateral del salón era una enorme balconada a la que se accedía por unas grandes puertas acristaladas.
El viento ya más fuerte levantaba unos inmensos cortinajes a modo de velas que parecían poder llevarse la casa. La luz era cegadora, todos nos acercamos a las enormes puertas y miramos el horizonte; estaba azul, estaba limpio; el aire fresco chocó brutalmente en nuestras frentes y la luz penetró en nuestros corazones de una manera inexplicable, nuestras mentes se desentumecieron y una profunda tranquilidad nos inundó; nuestras almas claras aligeraron nuestros pies, todos nos soltamos las manos y dándose la vuelta con los cuerpos estirados se dirigieron hacia la escalera, las caras reflejaban una honda alegría.
Dejé que se alejaran y me acerqué al balcón, respirando profundamente di gracias al cielo; con los ojos cerrados el calor del sol me acarició.
Bajé la vista y… un cuerpo en un gran charco de sangre sobre el granito me observaba.
Me di la vuelta y con el paso presto que da el alma nueva me dirigí hacia la escalera; Nélida y su grupo se disponían a descenderla, yo unos pasos detrás también.

Había que rendir tributo y él lo sabía.

¡Gracias Albilio!

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